Donde el tiempo no pasa
Oscurecía ya en la poca o nula visión de mi tarde ociosa, sin pudor más que otra cosa, me paraba en la esquina a pensar. Pasaban las horas como dardos fútiles, sin valientes trastornos mentales. Todo era eso, soledad. Soledad que acariciaba mi espalda. (No sé cómo pero escuché a los niños pasar) Caminando sin sentido definido buscaba una excusa para mis pecados, un alimento para mis gulas, un camino para no olvidar. Pasaba enfrente de fondas, de restaurantes, de pequeñas alcaldías y grandes establecimientos tribunales. De algarabías, de contrariedades. De historias que van topando a mi mirada sin preguntarse nada más. Llegué de pronto a una calle vacía, donde margaritas observaban a los arboles inalcanzables, y enseñaban a sus faldas el arte de expresar (Uno que otro se escondía por temor a sus clases maternales, de amor y de bondad) Los niños se arremolinaban frente a maquinas seductoras de luces hipnotizantes, los adultos se escondían a exprimirse otra hora de vida frente al televiso...