Taxi

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Llueve sobre la ciudad en la hora más ajetreada del horizonte urbano. La calma se oculta detrás de una luna pasmada que ve sus labios babear ante un escote morado.La mirada paulatinamente va bajando a los más oscuros rincones de un cuerpo mojado. Es tarde, pero aún no suena el reloj.

Los tacos de la esquina de tu calle siempre fueron una excusa excelente para ir a ver tu desnuda espalda. Tus labios dulcisisimos y sangrantes solían besar mis mejillas con el más oscuro placer de la vagancia de una amistad deteriorada, por mi amor miserable y oxidado.

Uno no puede esperar encontrarte todas las noches por esas calles oscuras y olvidadas. A veces, cuando te daba la gana tomar un baño, salías a pasear. Uno no puede encontrarte en casa cada vez que le pega la gana.

No te encontré con tu espalda desnuda y tus labios sangrantes, por eso me tuve que ir.

A veces uno espera más de una tarde como esta en la que los brazos de la luna se extienden tan abiertos y el diós de la lluvia se mete hasta en donde nunca nos da el sol. La gente se enoja y grita y exclama y pide a gritos un consuelo, sería lo normal un buen abrazo, un lindo beso para calmar las ancias, ¿o no?. La gente no sabe que le humedecieron los huesos, y eso siempre es agradable. La gente no sabe que le humedecieron el alma, y eso se tiene que agradecer.

Tomo el taxi más cercano hecho una sopa; una sopa nada caliente. Mojado y oxidado en mis movimientos me meto en el auto verde con blanco de placas colgadas. El motor hace un ruido extraño, el clima está apagado y la radio dice que son las seis.

Cómo se queja la gente, sabe? Ayer maldecíamos al cielo por el calor tan sofocante y hoy que nos empapa todo el cuerpo le rayamos la madre al primero que nos ve -me dice el conductor- uno ya no sabe ni lo que quiere en estos días.

Los próximos 15 minutos de camino a casa son un dialogo extraño y muy aburrido acerca de los problemas que aquejan a la ciudad en los últimos meses. A pesar de todo esto, el taxista me deja en mi casa, me cobra como si su auto fuera un avión presidencial con meseros a bordo y bailarinas desnudistas haciendome el amor y yo me enfundo en mi cueva ya más seco que hace 20 minutos. Antes dí las gracias.

Me siento en mi silla enfrente del ordenador y termino el último capitulo de mi novela. Años más tarde se convierte en un bestseller destinado a ser un clasico de todos los tiempos.

Ahorré...

(...)

La lluvia me está jodiendo desde hace horas que camino por estas calles, oscuras y olvidadas de mi barrio y ya hasta se metió a mis pechos, ahora empapados. Quién fuera estas gotas de lluvia, diría D, con su tono poeta, sarcastico y destinado a quitarme con su incipiente imaginación el escote que llevo enfundado.

A veces creo que lo extraño. Pero no.

Llego a la avenida principal, aquella que hace esquina con el siempre tan dispuesto carrito de tacos. Solía ser la excusa perfecta de D para venir a mirar mi espalda desnuda en noches como esta. A juzgar por la luna, me sorprende que no haya venido.

Miro con recelo aquella esfera gigante y redonda en el cielo, que seguro, tú estarás observando. La amas, más que a mí. Ahora te entiendo, es grande, es sabia, y tiene suerte. Tiene suerte porque está muy por encima de las nubes y no se tiene que mojar. Ella se ríe de nosotros solamente. Ahora te entiendo. Ahora lo sé.

Tomo el primer taxi que pasa sin preocuparme por observar los detalles que toda mujer que se precie de si misma observaría por esto de la inseguridad citadina. Mi escote mojado suele ser un arma de doble filo, que hoy, definitivamente, no me piensa beneficiar. No importa, estoy muy mojada en el sentido literal como para esperar al siguiente. El motor está en perfecto estado, las llantas no hacen ruido y el clima va encendido. Las luces son fuertes y el radio dice que faltan diez minutos para que den las seis.

Maldita lluvia, viene a jodernos el trabajo a todos los taxistas, sabe, -me dice el conductor- yo debería estar en mi casa tirado viendo la tele y no llevando a gente mojada a sus casas a descansar. Además, luego me mojan mi auto y lo tengo que limpiar. Que molesto!

Yo pienso que es un desgraciado, en estos días su clientela debe subir estrepitosamente, pues nadie quiere pasar un segundo más en la lluvia asesina, y se pone a quejar.

Le doy la dirección a la que me dirijo (hoy me dí un baño, hoy veré a C) y noto que no está mirando el camino, más bien mira mi escote morado. Sus manos en la palanca de cambios parecen tener la necesidad de explotar en mis piernas. Tengo miedo.

El sujeto da la vuelta en una avenida desconocida y comienzo a preocuparme, su mano ya tocó (por accidente) mis piernas una que otra vez. Este sujeto va a violarme.

No recuerdo nada.

Abre los ojos.

No los abrí.

Ya no los quise abrir.

(De regreso chocamos contra una tienda de videos pornográficos)

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El taxista salvó una vida. El taxista quitó una vida. El taxista mató a alguien. El taxista le dió vida a alguien. El taxista nos mató a ambos.

Y yo sigo aquí.

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